Entre esta infinidad de constelaciones, circula mi reloj,
el que se adapta a cada estrella y a su tiempo-espacio
sin dejar de reconocer el abismo que lo excluye
de cada escenario
y lo separa del sujeto tácito
que le da cuerda.
La batalla entre bocinas de distintos colores y formas
pasa a ser algo totalmente ajeno y absurdo,
solo uno de tantos intentos por rellenar ese silencio
que fue menester hasta en el estallido de las bombas
sobre los pueblos del Sol naciente.
Ese silencio, que tanto ruido le hace
a la mayoría de las personas que conozco.
Ese silencio que les da pavor
y cierto nerviosismo,
muy notorio cuando
se hacen vanos esfuerzos desesperados
por evaporar esta sustancia que
todo
lo une
y lo recubre.
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