Para quienes recuerdan los comienzos: Octavio no era distinto. No jugaba con kerosén, ni soñaba con piletas de excremento, pero sí paseaba por los confines de su mente. Su mirada rígida, me hacía percatar de que él estaba en más de un lugar a la vez, no sólo dentro del cuarto lleno de humo con nuestros amigos intoxicados.
Su cuerpo afirmado como cemento en la silla; resultaría raro decir que él fuera ello. En realidad, se encontraba en otra parte. Abandonaba este plano y su cuerpo vacío e inanimado esperaba el regreso de su aliento vital, sin moverse de la última posición en que su Baraka lo había dejado. Luego de beber whisky se sentía raro, me contaba a veces. Tenía la sensación de no poder volver a su vehículo carnal. Como si no encontrara las llaves o el lugar en que lo había estacionado.
En ocasiones, el regreso le era un aterrizaje forzoso. Un desconocimiento de las caras que lo rodeaban, extrañamiento, quiebre del lenguaje neuronal, visible en sus ojos oscuros y palpitantes, que sólo se tranquilizaban al encontrar mi mirada, igual de desconocida para él en el cuarto. Pero que le daba la seguridad de no ser el único viajero extraviado
en un mundo entre los mundos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario