Mi cuerpo tiembla,
mis dedos frenéticos
bajo la trompeta furiosa hablan con Ian,
acerca de pupilas dilatadas
y flashbacks.
Desde mi escondrijo de cement(erio)o,
le rindo culto a Ra
como los antiguos egipcios hacían.
Le permito al Sol devorar mi sintaxis de ideas,
y recuerdo que Matías dijo una vez,
mientras estábamos algo embebidos en la noche,
construyendo con sensibilidades una
atmósfera aparte de la que nos rodeaba:
“El frío hace carne el aprendizaje”.
( O algo así, él seguramente sepa decirlo mejor sin palabras ).
Siento que se va,
y no vuelve lo busco
y me esquiva ( o es solo mi paranoia de que eso hace )
pero en el son,
es buscar y nada más,
pues ahora caigo en que cuando
encuentro, la cosa no termina ahí.
Fotosíntesis humana, metabolismos, rayos de Sol.
Por las mañanas la ciudad respira otro aire.
Las madrugadas se dedican a bailar
lentos compases en el humo de mis cigarrillos,
mientras esquivo blocs enteros
de fotocopias.
¿Será algo poético eso de fumar? Quizá sólo esté matando mis pulmones con literatura.
Es muy útil, llevar papel higiénico en la mochila.
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